Nuestros Hijos
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Taller para Parejas


Nuestros Hijos

Constantemente escuchamos de padres que se quejan de lo difícil que es disciplinar a los hijos. Su queja se basa en que es muy difícil establecer y mantener un control adecuado sobre ellos. Ha llegado quizás el momento de cambiar de enfoque. No se trata de ver de que forma podemos controlar a nuestros hijos, sino de establecer, de una vez por todas, quien tiene el control. Son los padres de familia quienes deben siempre tener el control del hogar. No pueden ser los abuelos, el hijo enfermo, los parientes o los esposos uno contra el otro quienes pueden controlar por cuenta propia la situación. Quienes son llamados a controlar la conducta de los hijos son los esposos (papá y mamá) en colaboración y diálogo. En un hogar donde hay una pareja unida en buen entendimiento, el problema del control de los hijos se minimiza. Los hijos, si desde pequeñitos tienen bien claro donde esta la autoridad y adquieren el hábito de aceptarla y respetarla, desarrollaran, por lo general, buenas costumbres de orden y disciplina.

Ahora bien, ese control y autoridad de los padres no se cultivan a través del castigo físico, acusaciones, cantaletas (sermones), comparaciones indebidas y ridículo. Tampoco se logra ignorando a los hijos o consintiendoles excesivamente. Ambos extremos son igualmente dañinos. En el primer caso, ese control excesivo y abusivo crea en los hijos la sensación de poca auto-valoración (baja autoestima) entre otros problemas. En el segundo caso, la actitud supertolerante de los padres ayuda a formar un hijo engreido y malcriado.

Existen muchos puntos importantes a considerar cuando pensamos en establecer un adecuado control de nuestros hijos. El primer criterio debe ser siempre el tomar en cuenta las necesidades del hijo. La razón principal de establecer disciplina a nuestros hijos es ante todo, asegurar su bienestar actual y futuro. A parte de mantener como norte las necesidades del hijo debemos tomar en cuenta el bien común de la familia.

Debemos también recordar que el control tiene siempre que ser ejercido con amor. La disciplina tiene que invitar a crecer. Esta debe darse en un clima de ternura y amor. Cuando esa ternura y amor son el clima habitual de la familia, el ejercicio de la autoridad y el consecuente control que los padres ejercen, asume las características de eficacia, seriedad y compromiso. En un ambiente asi la corección que los padres impongan los percibe el hijo como una llamada a mejorar su conducta en vez de ser un mensaje negativo para su persona.

A medida que los hijos se vuelven mayores y asumen mayor responsabilidad, el control externo de los padres disminuye para dar paso a un mayor autocontrol. Hacia la adolescencia es necesario tratar de encontrar la justa medida de control. Una actitud firme pero respetuosa de parte de los padres permitira al muchacho asumir responsabilidad por sus actos, valorar las consecuencias de los mismos y sacar experiencia de cada nuevo aprendizaje.

Cuando un hijo se equivoca o comete un error, en lugar de recriminarle o burlarse de él, conviene ensenarle a enmendar lo que hizo mal y a arreglar lo que está descompuesto. Ofrecerle a los hijos alternativas, en vez de respuestas tajantes o meras prohibiciones, les ayudara a asumir responsabilidades y a decidir por si mismos.

Padres e hijos tienen una tarea comun y es la de crecer juntos como personas. Un hijo no es un juguete de los padres, ni su munequito, ni una prolongación para que lleve el apellido de la familia. Es un ser humano único digno de ser amado por ser quien es.

Renovación Conyugal provee a través del proyecto de Escuela Para Padres herramientas de ayuda a los padres.